miércoles, 6 de octubre de 2010

HUERTAHERNANDO, PORTAL DEL ALTO TAJO


Al cabo de atravesar siete tipos de paisajes diferentes, Alcarria y sierra al fin, se accede a estos abruptos descampados donde ahora estoy. Tierras magníficas para recordar como escenario de viejos poemas épicos por donde -creo que la Historia lo dice- pasaron moros y cristianos en aquel juego sin fin de razas y de guerras que fue la Edad Media.
Con los profundos valles del Ablanquejo a su vera criando pastizal donde la Naturaleza es madre, ásperos crestones de matorral cortados en ángulo por húmedas vaguadas en las que se da el olmo moribundo, el huertecillo ruin y el sauce silvestre, Huertahernando, a caballo de uno de aquellos altos sabineros de aspecto lunar, nos mira estirado por encima del corte rocoso como un viejo monstruo inamovible, mientras escalamos con lentitud las cuestas del camino que sube hasta darle alcance.
En la moña de una sabina por la ladera se siente el graznido del cuervo. Luego, el corpudo animal de plumaje negro como la mora, se tira al espacio para ocultarse en la oscura oquedad de unas peñas en la parte opuesta del barranco. El pueblo desde su atalaya lo domina todo, mirando avizor por los airosos vanos del campanario.
El gavilán acaba de errar el golpe; el gavilán se dejó caer de uñas sobre la bandada de palomas zuritas del rastrojo y no agarró presa porque Dios no quiso. Los animales han volado despavoridos hasta el palomar mientras que la rapaz se quedó in albis con las aluchas abiertas y las garras apretando un terrón del surco. La escena, rápida como el rayo, ha sido escalofriante.
Ya en las puertas del pueblo, tal que si fuera el solitario torreón de algún castillo de leyenda, queda, realidad y recuerdo, la antigua ermita de San Roque. Por los campos cercanos aparece el boj entre las sabinas.
La calle mayor de Huertahernando es amplia, limpia, bien pavimentada; se llama Calle de la Plaza, y en ella, efectivamen­te, queda a mitad la Plaza Mayor del pueblo, con su monolito de variadísima estructura ocupando el centro, como fuente y pairón molinés a la vez, sosteniendo una farola en todo lo alto. "Se hizo esta obra en 1978, siendo ayuntamiento: alcalde Bernardo Guerrero Martínez..." En la lista figuran con su nombre y apellidos cuatro ediles más, que con el alcalde antedicho formaban por aquellos años el consistorio. Huertahernando es pueblo que gusta recordar con placas de metal o de piedra los nombres de quienes nacieron allí y fueron en vida algo importan­te, o sencillamen­te los de aquellos ciudadanos de a pie que se preocuparon en beneficio del vecindario.
No hay nadie en este momento por la calle de la Plaza. Del balcón corrido del ayuntamiento cuelgan de sus mástiles las banderas de España y de la comunidad autónoma. Más adelante hace esquina con la calle principal la de Francisco Gutiérrez Vigil, ilustre personaje de la localidad que allá por el siglo XVIII se dejó notar como prelado de una importante diócesis leonesa; nombre que recientemente mereció, por parte del vecindario, la atención de dedicarle una calle y de colocar sobre la esquina que mira a la iglesia del pueblo -supongo que en tiempos estará allí la casa familiar del distinguido prelado- una placa grande en mármol blanco, donde se puede leer escrito en letras doradas: «Aquí nació el Excelentísimo Señor Don Francisco Isidro Gutiérrez Vigil, obispo de Astorga. Nació el 8-5-1730. Huertahernando, 26-7-1997.»
Hay rincones expresivos, con casas a la vieja usanza en las que no vive nadie, que delatan la antigüedad del pueblo por las callejuelas cercanas a la iglesia. La entrada al templo bajo el arco de piedra que da paso al pretil, tiene aires de añosa fortaleza. Por dentro, la iglesia de Huertahernando -así la recuerdo de viajes anteriores- es de una sola nave; tiene como fondo al presbiterio un retablo pobre con una imagen de la Asunción de la Virgen que lo preside.
El cementerio queda anejo al edificio parroquial. Es un cementerio sencillo, pero extraordinariamente impresionante. Si no el más lujoso, que no lo es, sí que el cementerio de Huer­tahernando es por situación el más privilegiado que conozco. Por una parte, como se acaba de decir, la muerte espera en este lugar el momento de la resurrección al amparo de la fe, de la esperanza y de la caridad, pegada a los muros de la iglesia; por otra, tiene como sede el más sugestivo mirador natural que pueda imaginarse, abierto en generosa panorámica a todas las tierras de la Provincia en las que la Alcarria, con sus sinuosidades continuas, deja de llamarse así para convertirse en Sierra del Alto Tajo, pero sin llegar a serlo. Es un gozo indecible lo que se experimenta al contemplar aquel apoteosis de campos desde el humilde muro que separa las tumbas y los lirios del barranco.
Se cree que por estas tierras difíciles de Huertahernando murió peleando en el campo de batalla el obispo-guerrero don Bernardo de Agén, reconquistador de Sigüenza en Tiempos del rey Alfonso VI, iniciador de las obras de la catedral en el siglo XII y, de alguna manera, creador de la nueva ciudad de Sigüenza, así como el primero de sus obispos tras la larga pausa de la dominación árabe en territorio español.
Es hoy un día cualquiera, de una semana cualquiera en el último año del siglo XX; la hora también es intempestiva, debo reconocerlo, las tres de la tarde, cuando los pocos que ahora son en el pueblo estarán recogidos en sus hogares de sobremesa o viendo la televisión. La temperatura del día, pese a la altura, es alta incluso en este paraíso de Huertahernando. Un anciano echa una cabezadilla sentado sobre un banco que hay a la salida. Más al poniente, por los cielos, muy azules por cierto de Ribarredonda y de Saelices, merodea ojo avizor sobre el campo una bandada de buitres.

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