jueves, 3 de marzo de 2011

UN ALTO EN CÍVICA



«Cívica semeja una aldea tibetana o el decorado de una ópera de Wagner. El viajero no estuvo nunca en el Tíbet pero se imagina que sus aldeas deben ser así, solemnes, miserables, casi vacías, llenas de escaleras y balaustradas, colgadas de las rocas y también horadadas en la roca. Cívica fue del Císter de Villaviciosa y tuvo fábrica de papel, pero se quedó a ramal y media cuenta y hoy no le resta nada de cuanto tuvo, nada de nada ni de nadie, bueno le restan tres o cuatro habitantes, una cascada que canta al caer sobre el verde musgo, unas colmenas en la ladera y una paz reconfortadora y antigua meciéndole en su agonía». (C.J.C. “Nuevo viaje a la Alcarria”.)

Yo no hubiese escrito “ramal y media cuenta” como lo escribió don Camilo, sino “ramal y media manta” como creo que es, y como siempre oí decir en toda la longitud y anchura –que ancha es- la tierra de Castilla. Es lo de menos, lo de más es que todo un Premio Nobel dejase escrito en uno de sus libros ese manojo de líneas dedicado a este sitio de la Alcarria al que acabo de llegar en este preciso instante.
Cívica no es un lugar, ni un pueblo, ni una aldea. Cívica es un sitio, un misterio paisajístico colocado en este lugar preciso a la vera del Tajuña, donde la mano del hombre entró con el noble fin de acrecentar el embrujo con que le había regalado la Naturaleza. A Cívica no se va, se pasa al pie de sus llamativas formas, se mira, se piensa en su porqué si ha lugar, y se sigue adelante camino de Masegoso o de Brihuega, según el viaje que se lleve, en contra o a favor de las aguas del río.
He pasado por Cívica infinidad de veces. En algunas de ellas me detuve a mirar desde la carretera sus escondrijos, o a tirar una foto en la solana si llevaba preparativos, y otras veces, las más, pasé de largo dando vueltas a un asunto que todavía no he conseguido comprender: que el mundo está lleno de maravillas dentro de lo ordinario, maravillas que no somos capaces de descubrir porque se necesita una pequeña dosis de sensibilidad y de empeño para entrar en ellas, a lo que el hombre de hoy no parece dispuesto, y eso que se pierde. Aun con todas las deficiencias, y dentro del lamentable abandono en que se encuentra, Cívica, junto al camino y en el mismo corazón de la Alcarria, es una de esas pequeñas maravillas.
La de hoy es una mañana apetecible, de las pocas que el otoño acostumbra regalar una vez dejada atrás la fiesta de Todos los Santos. La gente lo ha entendido así. Brihuega, por ejemplo, está llena de visitantes que pasan la mañana del sábado mirando sus calles, sus jardines y sus monumentos. En el pequeño ensanchamiento que hay en Cívica junto a la carretera, se pueden contar aparcados en batería hasta media docena de coches. Los dueños de los coches son pescadores que prueban suerte abajo, en las aguas del Tajuña; las señoras de los pescadores pasean por el arcén con un gorro de periódico cubriéndose la cabeza; los niños de los pescadores suben y bajan por las escaleras de Cívica, se sientan en las balaustradas de cemento, se orinan en las cuevas, pese a que un letrero al que nadie hace caso, tiene escrito: “Propiedad particular, prohibida la entrada”. Una pareja de recién casados, con acento levantino, se retratan delante de las piedras.
- Somos de la provincia de Castellón, y venimos con el libro de Cela haciendo nuestro viaje a la Alcarria. Pero no habla de esto –dice sorprendida la mujer.
- En el primero de los viajes no habla de esto, pero en el segundo sí que pasó por aquí y le dedicó algún párrafo.
- Usted quiere decir del viaje que hizo con una choferesa negra ¿Verdad?
- Sí, claro, a ese me refiero. Al viaje que hizo con una choferesa negra y con mucha gente más.
- Claro, es que ese no lo hemos leído. Lo tendremos que leer.
Tengo entendido que la obra con la que tomó todo su misterio el sitio de Cívica, la mandó hacer un cura de Valderrebollo que se llamaba don Aurelio. Es lo poco que, sin entrar en demasiadas averiguaciones, se consigue saber cuando por aquellos pueblos se pregunta al primero que pasa. Lo que no deja de ser lamentable es que sus dueños, o las instituciones, o a quien competa, no se gasten allí un puñado de euros y lo limpien, y lo adecenten, y lo protejan, porque pensando en el turismo interior, como sabido es que últimamente parece que anda levantando el vuelo, el sitio sería algo digno de ver, por fuera y por dentro; y puestos a hilar fino, para crear al amparo de lo que hay hecho algún puesto de trabajo. El sitio, con la explanada que tiene en el nivel inferior al lado del río, sería un importante reclamo en ciertas temporadas tanto para los que somos de aquí como para los que vienen de lejos, aparte de apuntar un motivo más de interés en la larga lista que ya poseen en cualquiera de sus comarcas las tierras de Guadalajara.
Como antiguo poblado que fue por encima de las peñas, se sabe que mucho antes de los arreglos del cura don Aurelio, Cívica fue vendido en el siglo XV por sus dueños, Antón Díez y sus hijos don Ruy Gómez y doña Constanza, vecinos de Cifuentes, a los monjes Jerónimos del monasterio de San Blas de Villaviciosa por 14.000 maravedíes. Parece ser que los frailes instalaron allí una fábrica de papel que duró muy poco.
No he sabido hasta hoy que existía un pequeño bar en Cívica. Puede ser que cuando fui de paso no me diera cuenta, y las veces que paré lo hiciese con intención de ver tan sólo el juego de formas y el deseo de descubrir algo nuevo. El bar queda abajo, en la explanada que hay junto al río. Ocupa un edificio sencillo, construido con ese fin. Un mostrador de ladrillo, un pequeño estante con botellas, una cafetera, un fogón de leña para asar, dos o tres mesas con sus sillas correspondientes, una pintura sobre tema de pescadores, y una especie de tablón de anuncios donde hay papeles colgados con chinchetas, es lo que ahora recuerdo haber visto allí. Dentro del mostrador sirve un hombre de mediana edad que se llama Juan Antonio Carrasco Letón. Hasta hace poco tuvo para animar el servicio y complacer el capricho de algunos clientes, caballos para montar. Mientras me explica cosas, Juan Antonio atiende a la clientela.
- Pues sí, hombre. Cuando el tiempo va bueno abrimos el bar todos los días, y ahora sólo los fines de semana, y si día amanece con sol abrimos también.
- Qué clase de clientes suelen ser los habituales.
- Pescadores sobre todo. De los que pasan por la carretera, algunos suelen parar y toman algo. En verano, sobre todo por las tardes, la gente viene aposta.
- Vivirá usted en alguno de estos pueblos, supongo.
- Sí, yo vivo en Barriopedro.
Para quien esto escribe, Barriopedro es sinónimo de una vieja y buena amistad. De Barriopedro es el primer amigo que tuve en Guadalajara. Se llama Álvaro Mayoral. Por aquellos años –ya hace muchos-, siendo ya un hombre hecho y derecho, Álvaro comenzó los estudios yendo a clase hasta Guadalajara en bicicleta. Lo conocí en una pensión de la calle Museo, y después lo he visto muy de tarde en tarde.
- Pues yo también tengo amistad con él. Ahora se dedica a la fabricación de lavanda, un perfume muy fuerte que sacan del espliego. La botella esa verde que tengo ahí es de lavanda, y me la proporcionó él.
Y así, con todo lo visto y dicho dejamos Cívica por hoy. Las señoras de los pescadores siguen paseando con sus gorros de papel de periódico en la cabeza, y los niños gritan como condenados y se disparan tiros con una vara escondidos en los agujeros de las cuevas. El sonido ambiente, el eterno sonido de Cívica, lo pone la chorrera al caer que desagua en la cuneta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario