miércoles, 23 de mayo de 2012

Rutas turísticas: ATIENZA Y EL ROMÁNICO RURAL ( I )


    Hoy vamos a viajar por caminos norteños. Es posible que  no sean  muchas  más las rutas por la provincia de  Guadalajara  con mayor  consenso que la que en este instante vamos a emprender. Pongámonos en marcha. Volveremos tarde. El paseo de sol a sol por las sierras atencinas, seguro que merecerá la pena.

     Al  pueblo de Hiendelaencina le llaman los  colindantes,  y también  sus  propios vecinos, Las Minas. La razón es  por  demás sabida,  puesto  que durante muchas décadas se  extrajo  de  allí plata  en abundancia y de excelente calidad, cosa que casi  todos sabemos.  En los campos de Hiendelaencina centellean las  piedras grises cuando el sol las mira de frente: es la plata. Se trata de un  pueblo  antiguo; hay constancia de que en  plena  Edad  Media tomaba parte del Común de tierras de Atienza. Por su situación es pueblo  serrano,  de elegante trazado urbanístico  y,  de  alguna manera, capitalidad de aquella comarca por la que, en buena  ley, se  encuentra la puerta principal por la que debe entrarse  a  la Sierra de Atienza.
     Desde 1972, en que don Bienvenido Larriba, sacerdote titu­lar de su parroquia, la puso en funciones a título de prueba (más con buena voluntad que con medios para pensar en remotos éxitos), se  viene  celebrando  con progresiva aceptación  la  ya  popular Pasión  Viviente, en la mañana del Viernes Santo. Representación escénica de los principales misterios de la Pasión de Cristo,  en la que intervienen como actores los propios vecinos del pueblo, y como escenario las calles y un escogido altillo del arrabal. Acto singular, trasplantado de otras regiones españolas en donde ya es tradición de siglos, que ha conseguido carta  de  naturaleza  y nombre  propio, tras la experiencia de cuatro décadas de  represen­tación.



A T I E N Z A

     Acabamos de entrar en Atienza por caminos serranos.  Atien­za,  en  el corto espacio de un quinquenio, se ha  convertido  en centro  de  interés para los visitantes, en  villa  estrella  del turismo. Motivos los tiene más que sobrados, ya lo creo, pero lo importante  es  que  a las gentes de Madrid  y de  Guadalajara, sobre  todo, les ha dado por visitar Atienza, y ello no  deja  de ser en cualquier caso una buena noticia, no sólo para los  conta­dos pobladores de la Villa Realenga, que bien se lo merecen, sino para todos nosotros.

     Pretendo con este breve trabajo acerca de aquellas  tierras de  la eterna Castilla, darte un empujón, amigo lector, para  que conozcas Atienza y por extensión toda su comarca; para que  com­pruebes por ti mismo, sobre el severo empedrado de sus calles  en cuesta,  el  latido arrítmico de la vida medieval;  para  que  te sacies  de  arte hallado casualmente en el sitio mismo  en  donde debe de estar; para que vivas, si ello te es posible, una jornada repleta de impresiones agradables, de visiones nada comunes,  con el aliciente en garantía de una naturaleza limpia y transparente, con  olor a campo. Andarás, ya te lo advierto, por encima de  los mil  doscientos metros de altitud sobre el nivel del mar, lo  que tampoco  deja de tener su encanto y su repercusión  favorable  en las temperaturas, sobre todo estivales. Te dejo en las puertas de Atienza.  Te encuentras a ochenta kilómetros, más o menos, de  la capital  y  a ciento treinta, aproximadamente, de Madrid.  En  la lejanía, allá por el poniente, todavía se vislumbran las  últimas vedijas de nieve sobre las crestas de Somosierra.  Aquí,  sobre nosotros,  el  castillo roqueño contrastando con  los  tules  del cielo castellano, siempre en solemne avanzadilla por las  tierras que cabalgó el Cid.

     Atienza se llamó Tithia en tiempos muy remotos, allá cuando nuestros  abuelos de la Celtiberia se batieron  bravamente,  pero inútilmente, por impedir a precio de sus vidas la ola  dominadora de las legiones romanas. El nombre de Atienza, o Atiença, que tal nos da, le vendría más tarde, quizá por derivación del  anterior, pero ya en vísperas de la conquista musulmana. Los moros la des­truyeron  una  vez y ellos mismos la levantaron de nuevo. Tres Alfonsos  consecutivos, el sexto, el séptimo y el octavo se  en­cargaron  de  incorporarla al reino de Castilla, de  colmarla  de privilegios  y de rodearla de murallas, pasando a ser su sino,  a partir  de entonces, el de la decadencia paulatina, con  períodos de mayor o de menor brillantez. Hoy, con la fuerza rediviva de un heraldo burlador de siglos y de civilizaciones, Atienza  ‑piedra, viento y poco más‑ se recrea sobre sí misma mostrando al visitan­te o al estudioso la gloria enmudecida de unos tiempos muy  leja­nos y muy presentes a la vez.

     El  histórico  caserío a que dio lugar la vieja  Tithia  se alza,  al llegar ante los ojos del viajero, asentado a la  salida del  sol  en la falda de un montículo que corona su  castillo  en ruinas. Atienza, así tal cual se le ve, amarrada a la roca, es de algún modo la imagen más exacta de lo perdurable, de lo incorrup­tible, de lo eterno. El soplo huracanado de los vientos y de  los siglos  se  estrella en Atienza contra las aristas  de  la  peña, dejando  a la postre todas las cosas como están, lo mismo que  lo estuvieron  siempre,  tal y como si el tiempo para  nada  hubiese contado en su vida. Ese, y no otro, es sobre todos los demás  que posee, su principal encanto.



     LAS SIETE IGLESIAS DE ATIENZA

     El conjunto urbanístico e histórico que supone en su tota­lidad la villa, en donde todo resulta aprovechable, como muy bien nos  será  fácil comprobar una vez allí, se carga de  interés  al visitar  cada una de las siete iglesias que tiene Atienza.  Siete sí, esas son, aunque hubo un tiempo en el que todavía fueron más: hasta doce. La más antigua de todas las que aún existen es la que se  dedica a la Virgen del Val, situada en el fondo de  un  valle que  hay  a extramuros de la villa. Para bajar  a  esta  iglesia, bordeamos  muy  de  cerca la llamada Puerta de la  Salida  en  la muralla,  por donde cuenta la tradición que los arrieros  sacaron al  rey niño Alfonso VIII en la madrugada de marras,  asunto  que trataremos  más adelante. Sobre la piedra vieja de la Virgen  del Val  se hace referencia escrita al año 1147, como fecha  probable del  remate  de las obras. Llama la atención en ella  la  curiosa portada  románica,  en la que diez frailecillos  de  largo  sayal retuercen sus cuerpos, como si de saltimbanquis de circo se tra­tase, alrededor del cilindro de caliza que da forma a la  archi­volta  que tiene en el centro. Una curiosa escena de la "Huida  a Egipto", románica también, luce sus particulares y desproporcio­nados  relieves  por encima de la piedra clave, a la  sombra  del alero que hay sobre la fachada. Salvo estos detalles valiosos que se apuntan, el resto de la iglesia del Val es obra del siglo  XVI con aditamentos posteriores.  

     El  rey  Alfonso VIII de Castilla ordenó  ‑por  razones  de gratitud con el pueblo atencino, de las que en su momento habla­remos‑ la construcción de varias iglesias románicas más según  el estilo de moda. Varias de ellas han desaparecido, y otras se  han ido  reconstruyendo de nueva planta, como así parece que se  hizo con  la actual parroquia de San Juan en la Plaza del  Trigo;  sin embargo  son  bellas muestras las que todavía quedan, tal  es  el caso  de  la de San Bartolomé, la que más a mano nos  coge  según volvemos de la iglesia del Val, que guarda íntegro su atrio por­ticado del siglo XIII, si bien, el resto se corresponde con  re­construcciones  más  tardías y lujosos  ornamentos  barrocos,  de entre  los que es obligado señalar el retablo mayor,  con  buenas pinturas de la escuela madrileña del siglo XVII, y sobre todo  el de la capilla lateral dedicada al Cristo de Atienza, con excelen­tes dorados  y formas cargadísimas, en cuya hornacina central  se luce  la  escena del Descendimiento, talla  policroma  con  siete siglos  de antigüedad, en la que aparecen las figuras de José  de Arimatea,  San Juan y Santa María Virgen, contemplando el  cuerpo muerto de Cristo que pende de la Cruz con la mano derecha descla­vada. La imagen cuenta desde tiempo inmemorial con el fervor sin condiciones de los atencinos, si bien en lo artístico, aunque  su valor  sea  incalculable,  es tan sólo uno de  los  tres  Cristos famosos que tiene Atienza.


     La  iglesia de Santa María del Rey alza su esbelto  torreón en la falda poniente del Cerro del Castillo. Este templo data del siglo  XII,  y  se debió levantar por mandato  expreso  del  rey Alfonso I de Aragón. Sólo quedan de su primera época dos  porta­das  románicas:  la del norte que en la actualidad  se  encuentra tabicada, y la que mira hacia el mediodía como fondo al cemente­rio  de la villa. Compone esta bellísima portada sur  una  bocina con  siete  archivoltas,  cubierta por  infinidad  de  figurillas talladas  en la piedra, donde se ven apóstoles,  ángeles alados, campesinos, monjes, grupos informes de bienaventurados,  encapu­chados  anónimos  con traje talar, y otros relieves de  no  fácil interpretación que muy bien pudieran referirse a la  resurrección de  los muertos o al Juicio Final. Se dice que una  galería  sub­terránea comunicaba el castillo con el presbiterio de la  iglesia de  Santa María del Rey, por la que solía descender a  diario  el obispo de Badajoz, don Alonso Manríquez, prisionero en la  forta­leza a la sazón, para decir misa.

     Una  de  las iglesias menores de Atienza está  dedicada  al Salvador.  Se  encuentra  situada en extramuros, al  pie  de  las murallas  en lo que fuera el antiguo arrabal  de  Puertacaballos, entre las de Santa María del Rey y la de la Trinidad. En la  ac­tualidad  pertenece  a particulares. Un agujero como de  tiro  de cañón  abierto  en la muralla, según se sube hacia  el  Castillo, permite  contemplar en impresionante visión cenital la torre  del Salvador con antepechos de piedra, chata, de cielo raso, impeca­ble  después de la restauración a que fue sometida en la  tercera década  del siglo XIX como consecuencia del incendio  que  sufrió durante la guerra de la Independencia.

     En la iglesia de La Trinidad, no lejos de las dos anterio­res y de regreso al pueblo, se celebran todavía con cierta  fre­cuencia los actos de culto, aunque en realidad no se trate de  la verdadera parroquia de Atienza. Ya hace tiempo que dejó de  serlo como consecuencia de las fuertes emigraciones habidas. La  igle­sia  de  La Trinidad se encuentra situada en la  parte  alta  del pueblo,  al sur del Castillo.Posee un magnífico  ábside  románico del siglo XII, con ventanales rasgados y capiteles de interesante ornamentación  sobre columnas laterales de Matías de  Torres.  La capilla  rococó de la Purísima ‑regalo al parecer de Felipe V‑  y la conocida imagen gótica del Cristo de los Cuatro Clavos,  talla simpar del siglo XIV, completan con otros muchos detalles más  de enorme valor artístico la iglesia de la Trinidad, una de las  más interesantes de Atienza.

     La  iglesia  de San Juan del Mercado, fachada norte  de  la Plaza del Trigo y flanqueada por el famoso Arco de  Arrebatacapas en  la  muralla, es la verdadera y la única parroquia  que  ahora tiene  la  villa. Su interior está delimitado por  tres  naves  y cinco  tramos entre columnas. El retablo mayor  es  sencillamente grandioso,  de cargadas formas barrocas del siglo XVII  ajustadas al marco del ábside y al remate de la bóveda. Merecen en él men­ción especial los lienzos de Alonso del Arco que lo adornan  en­cuadrados por columnas salomónicas: "El Bautismo de Cristo",  "La lapidación de San Esteban", "San Martín y el pobre", y otros  más que convierten en auténtico joyel esta obra maestra de los enta­lladores Madrigal y Castillo, con dorados de Agustín Vázquez.  De la rica imaginería de San Juan del Mercado destaca el Cristo  del Perdón,  de Luis Salvador Carmona, idéntico a los otros  dos  del imaginero navarrés que se veneran en San Ildefonso y en el  con­vento de Agustinas de Nava del Rey, su pueblo natal. La  gravedad y el solemne patetismo de estos Cristos de Carmona (Luis  Salva­dor,  no  conviene confundirse con otros de  la  misma  familia), todos  iguales, todos con la rodilla izquierda apoyada sobre  una bola  del mundo, todos con los brazos entreabiertos, son  de  una profundidad  ascética  imposible  de superar en el  arte  de  la imaginería. (Continuará)

(Las fotografías corresponden al Arco de Arrebatacapas, a la Pasión viviente de Hiendelaencina,a una típica calle de Atienza, y a la iglesia románica de San Bartolomé)

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